domingo 29 de enero de 2012

Juan de los muertos, cine cubano con mucha ironía y sentido del humor

Alejandro Brugués utiliza los zombies para mostrarnos los entresijos de la sociedad cubana y su idiosincrasia

Cartel de la película Juan de los muertos
Cartel de la película Juan de los muertos
¿Quién dijo que una película de zombies no podía ser divertida? Desde la perspectiva del humor se puede tratar cualquier tema, incluso los más sesudos o los terroríficos. Juan de los muertos es una película cubana de zombies hecha con mucha ironía y retranca. Su guionista y director, Alejandro Brugués, se ha cansado de decir en las entrevistas que «los cubanos tienen tres formas de reaccionar ante los problemas: quedarse de brazos cruzados y no hacer nada, poner un negocio y hacer dinero con ello, o coger una patera y huir». La película es justamente eso, la comunión de las tres cosas ante una invasión zombie de la isla. Bromea con que llevan cincuenta años preparándose para combatir el desembarco imperialista de los EE.UU. y que ahora lo que llega es un grupo de zombies. No les ha dado tiempo ni a actualizar el lenguaje así que por simplificar, por no cambiar conceptos, se les confunde a los muertos vivientes con una especie nueva de disidentes. Juan de los muertos es una película que va más allá del puro entretenimiento.

Juan (Alexis Díaz de Villegas) tiene cuarenta años, de los cuales la mayoría los ha pasado en la ciudad de la Habana dedicándose a vivir, sin hacer absolutamente nada más en realidad. Esa pereza se ha convertido en su modo de vida, algo que defenderá a cualquier precio. Lázaro (Jorge Molina), es su socio, el compinche que le acompaña en todas sus correrías y que resulta ser tan vago como él, aunque algo más limitado en lo intelectual. Cuando los zombies han pasado de ser un problema aislado a convertirse en un realidad peligrosa, Juan toma la decisión de enfrentarse a la situación de la mejor manera posible, la que significa prosperar con ella. Con Lázaro y el resto de sus amigos forman una brigada para ayudar a la gente a deshacerse de los infectados que les rodean, eso sí a un precio asumible. Usan bates, los artilugios de pesca, un tirachinas, el remo de un bote… elementos rudimentarios que tienen a mano y que con ingenio se convierten en armas mortíferas. Y así, Juan termina asumiendo sus responsabilidades en la vida, se convierte en el héroe que va guiando a los suyos para ponerlos a salvo.

Lo primero que salta de la pantalla es la escasez, parece que el atroz bloqueo al que los Estados Unidos someten a Cuba pega fuerte. Pero para cada una de esas deficiencias encontramos que hay una solución llena de ingenio que la sustituye. Según avanza la película descubrimos que, de verdad, el mayor dolor que causa el bloqueo es el de las familias rotas por esa emigración a causa de las dificultades económicas. No disponer de un champú determinado apenas importa, pero la ausencia de los que se fueron para siempre resulta amarga. Los cubanos no toman decisiones que sólo sirvan para un momento, son dramáticos en eso, y una toma de postura implica una decisión absoluta, irrevocable e irrenunciable que se seguirá manteniendo por encima de todo, para siempre. No hay vuelta atrás, son así de intensos en todo lo que emprenden y cuentan.

Andros Perugorría, Andrea Duro, Alexis Díaz de Villegas y Jorge Molina en una escena de la película Juan de los muertos
Andros Perugorría, Andrea Duro, Alexis Díaz de Villegas y Jorge Molina en una escena de la película Juan de los muertos
Ver La Habana repleta de zombies hambrientos permite a su director pronunciarse en clave política. Juan de los muertos refleja la sociedad de la ciudad, la vida en cualquiera de sus calles. Y lo que vemos es que en ellas se habla con libertad y de cualquier cosa, de las importantes y de las más banales también. A veces se juega con el doble sentido del lenguaje, siempre con la ironía, pero no hay censura que haga tropezar a las palabras; vemos que en la calle se puede expresar cualquier idea y sentimiento con libertad. No faltan chistes sobre el socialismo y las carencias de llevarlo a la práctica. El paraíso tiene un problema serio, el mismo que el resto del mundo, que los recursos son finitos y no dan para que todos se conviertan en ricos millonarios, pero ha encontrado una solución: que lo importante es distribuirlos con justicia.

Lo privado también tiene cabida en la isla, se puede buscar hacer un negocio de un asunto, y también se habla de ello sin tapujos. El protagonista, para sacar provecho de sus habilidades destruyendo muertos vivientes, monta un negocio con el eslogan «Juan de los Muertos, matamos a sus seres queridos». La película se plantea una pregunta: ¿lucro personal o hacer las cosas altruistamente como un deber para con los demás? El capitalismo se inclina sin dudarlo por lo lucrativo a nivel personal, aún a riesgo de ser especulativo e ir en contra de los demás. En Cuba se pone énfasis sobre lo público, debe primar el beneficio de todos como sociedad al de unos pocos.

Los accidentes, esas pequeñas manchas que enturbian el buen trabajo, no impiden seguir adelante. Mala suerte para los que cayeron por el camino, ellos cumplieron, ayudaron a construir el presente. Ahora lo que hay que hacer es no detenerse, el objetivo sigue delante. Y a pesar de esa dureza que no permite debilidades, el corazón -lo personal- también tiene su sitio en Juan de los muertos, el bien general no está reñido con el personal. Lo vemos en el amor que sienten los padres por los hijos y en la mirada de estos hacia sus progenitores, una mirada escrutadora y justiciera, fría como el hielo al principio, pero que se va cargando de ternura con las acciones emprendidas. Ese cariño también se observa en la amistad establecida entre Juan y Lázaro, una relación indestructible. A través de ella entendemos el compromiso a la palabra dada que está por encima de todo. Hay un respeto hacia ella que hace primar lo verdadero e imposibilita la existencia de cualquier espacio en el que no habite la sinceridad.

En Juan de los muertos no falta la disyuntiva clásica, esa en la que el cubano debe elegir entre irse hacia el esplendor yanqui o quedarse entre los suyos. Las dificultades son muchas, quizá tantas como las satisfacciones, por eso la balanza siempre mantiene ese tira y afloja donde los sentimientos son velero en medio de una tormenta.

Excelente trabajo de sus protagonistas Alexis Díaz de Villegas y Jorge Molina, que con su naturalidad hacen creíble cualquier disparate. Muy bueno el trabajo de los secundarios como Andros Perugorría (hijo del genial actor cubano Jorge Perugorría), la española Andrea Duro y los divertidos Jazz Vilá y Eliecer Ramírez. Y muy destacable Antonio Dechent que tiene una aparición estelar y muy breve para dar vida a un predicador anglosajón que el actor borda con humor y solvencia.

Si uno no se ríe con Juan de los muertos es que ya debe de estar muerto. Reírse es siempre la mejor terapia y la forma de ir cargándose por dentro de alegría con la que tirar para el resto del día. Desde ese prisma, con las baterías cargadas de buen humor, los problemas se hacen más pequeños y nos podemos centrar en lo que de verdad nos importa.

A modo de pequeño anecdotario: Juan de los muertos es una coproducción hispano-cubana, filmada en La Habana y con un presupuesto de más de dos millones de euros. Muchos medios han hablado de que se trataba de la primera película independiente autorizada en los últimos 50 años por el gobierno cubano. Pero si uno se fija, entre las compañías productoras figura el ICAIC (Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográficos), como en el resto de películas que se hacen en la isla.

Después, también la prensa habló que tras su estreno en el Festival de la Habana, se creó mucha polémica en la ciudad entre los espectadores y que tuvo muchas críticas con respecto a su contenido político, que incluso el gobierno se planteó abandonar su apoyo a la cinta. Quien conozca a los cubanos sabe que lo que los españoles llamamos polémica no es para ellos algo más que una discusión de café, con diferentes puntos de vista y con la pasión caribeña que muestran para todo, y que de política hablan siempre. Es verdad que creó expectación, pues para el primer pase se congregaron unos 15.000 asistentes, lo que motivó que en lugar de los seis pases establecidos se terminaran haciendo ocho. Gustar a los cubanos también debió gustar, pues se llevó el premio del público en dicho festival.

viernes 27 de enero de 2012

Elling, bendita locura

Andrés Lima dirige a Carmelo Gómez y Javier Gutiérrez en una obra sorprendente, fresca y muy divertida


Miércoles 25 de enero de 2012. Teatro Galileo. Madrid


Cartel de la obra de teatro Elling
Cartel de la obra de teatro Elling
El público aplaude con fuerza al terminar la obra. Se escuchan bravos. Poco a poco todo el mundo se va poniendo en pie y los aplausos suben en intensidad hasta convertirse en un clamor de agradecimiento al trabajo de los artistas que han llevado al escenario Elling. Hacía mucho tiempo que no veía aplaudir con tantas ganas en un teatro.

¿Por qué ha ocurrido? Muy sencillo de explicar, se ha juntado un texto maravilloso y dos actores geniales en estado de gracia. Pero seguro que hay más trucos por detrás, como la sólida dirección de Andrés Lima, la compenetración y complicidad del equipo, una cercanía con el público absoluta donde actores y espectadores llegan incluso a tocarse y una sensación placentera de diversión que se contagia como la propia risa. Y debajo de esa fina capa de humor y de locura, a poco que se rasque, se ve una historia que nos lleva a la esencia de las personas, a una búsqueda de nuestra felicidad en concordancia con la de los demás.

En la habitación de una institución para discapacitados mentales, dos hombres duermen. Elling (Carmelo Gómez) está pasando allí su primera noche. Kjell Bjarne (Javier Gutiérrez) lleva dos años. Elling habla con un tartamudeo breve producido por su timidez y que deja entrever la existencia de un mundo interior muy rico. Cuando lo hace Kjell Bjarne escuchamos un lenguaje tosco, seco, que choca frontalmente con la mirada ensoñadora que tiene cuando escucha a Elling contarle historias que asegura que ha vivido en primera persona. Elling siempre va en pijama, como mucho le añade a su particular uniforme una trenca, una bufanda y una mochila, no siempre por ese orden. A Kjell Bjarne no le gusta llevar pantalones. Elling construye la vida con sus palabras. Kjell Bjarne es un bruto, un orangután quizá. Ninguno de ellos tiene un diagnóstico claro, ni su enfermedad va más allá de algunas anomalías en su comportamiento que no encajan en los estándares. Dos personajes raros, alejados de la sociedad «normal». Un buen día, el gobierno de su país decide sacarles del centro y otorgarles un apartamento y una pensión, con una condición: si no se comportan con normalidad volverán al sanatorio. De pronto pasan a vivir solos, con la única tutela de un asistente social, Frank Asli (Chema Adeva), quien habrá de visitarles con frecuencia para comprobar su adaptación. Y el mundo se les viene encima.

Carmelo Gómez y Javier Gutiérrez en una escena de la obra Elling
Carmelo Gómez y Javier Gutiérrez en una escena de la obra Elling
Elling y Kjell Bjarne se sienten desprotegidos. Para salir de casa e ir a la compra deben hacer un esfuerzo titánico. Lo mismo para contestar al teléfono, comer manitas de cerdo en el restaurante de la esquina o para hacer nuevas amistades. La vida social les asusta. Lo único que va consiguiendo que avancen en esta selva que son las ciudades es esa amistad insoslayable que han ido forjando día a día desde que se conocieron, la confianza que se ha asentado entre ellos sin egoísmos y el ir cuidándose mutuamente, dándose lo que va necesitando el otro. De esa amistad sin condiciones establecidas surge la posibilidad de vivir una vida por sí mismos, una vida diferente si se quiere, con sus peculiaridades, que a fin de cuentas es la suya propia y que tampoco se separa tanto de la que tienen los demás. Se necesitan, se comprenden y se apoyan. La suya es una amistad perfecta. A Kjell Bjarne no le importa saber que las historias que le cuenta Elling son inventadas para la ocasión. A Elling no le molesta que Kjell Bjarne se comporte como un orangután, incluso le gusta y le aprecia porque es su amigo.

En Elling, como comedia que es, las risas son importantes, pero el texto va más allá de ellas. La historia nos hablan de dos personajes con ganas de vivir. Están cargados de miedo. Lo que hay más allá de la puerta de su casa, lo desconocido, les aterra. Y sin embargo, su espíritu de superación gana siempre. Elling y Kjell Bjarne son personas peculiares, un tanto ingenuas, que pecan de infantiles, pero a pesar de todo esto se convierten en un ejemplo cada vez que hablan porque contagian humanidad con sus pensamientos.

Otro de los aciertos de esta propuesta es el propio espacio escénico en arena, que es así como se llama cuando el público se sitúa a los cuatro lados del escenario. Esa decisión suele ser una apuesta complicada, pues los actores deben aparecer entre el público y estar siempre ante sus ojos, sin poder perderse nunca de vista. El resultado que la obra consigue con esto es el de lograr una mayor intromisión sobre la intimidad de los personajes, mirarlos más de cerca, algo que el director busca a propósito para tejer complicidades.

A Carmelo Gómez y a Javier Gutiérrez se les ve disfrutar con la obra. Lo cierto es que ambos bordan sus personajes y consiguen los matices tan necesarios para establecer una tremenda empatía hacia ellos por parte de la mayoría del público. Sus interpretaciones emocionan y hacen de Elling y de Kjell Bjarne dos seres de carne y hueso entrañables, afectivos y conmovedores. Ambos actores están muy bien acompañados por Rebeca Montero y Chema Adeva que completan el reparto interpretando al resto de personajes de la función.

Además de ellos, a un lado del escenario, asiste al piano Mikhail Studyenov. Con música de Schumman, de la esposa de éste, la que fuera niña prodigio Clara Wieck, y del amigo de ambos Johannes Brahms, va creando el ambiente sonoro que la obra precisa. Pero además, aprovechando eso que llaman metateatro, a ratos se comporta como un quinto actor que da pies y participa en la trama.

Son dos horas de entretenimiento que se pasan volando. No es extraño cuando se está ante un buen montaje, un excelente texto, unas maravillosas interpretaciones…

A modo de pequeño anecdotario: Ingvar Even Ambjørnsen-Haefs es uno de los grandes autores de la literatura noruega contemporánea. Su libros son de los más leídos y premiados de aquel país. Entre sus obras más importantes destaca la tetralogía de Elling que escribió entre los años 1993 y 1999. La tercera novela de esta serie fue Hermanos de sangre. De ese libro surgió una primera versión teatral realizada por el dramaturgo noruego Axel Hellstenius y aprovechada por el director, noruego también, Peter Naess para su largometraje Elling, que sería nominado a los Oscar como mejor película extranjera de 2001. En 2003, la directora noruega Eva Isaksen rodó La madre de Elling basada en la segunda de las novelas (La danza del pájaro). Finalmente en 2005, y de nuevo con la dirección de Petter Naess, se llevó al cine la cuarta de las novelas Me encanta mañana.

En Inglaterra, Simon Bent, adaptó también la tercera novela para una nueva pieza teatral que en 2007 se estrenó en el Bush Theatre.

A España, Elling llegó como novela, en 2008, de la mano de la Editorial El Andén y con traducción de Cristina Gómez Baggethun. Llevó por título Elling pero sólo recogía la tercera de las novelas.

En 2009, David Serrano es quien tiene la iniciativa de adaptarla al teatro español. Usando como referencia ambas versiones teatrales (Hellstenius y Bent) y la película de 2001 de Naess, Serrano escribe su libreto, del que, apoyado por la producción de Coté Soler y la dirección de Andrés Lima, surge esta obra. El pistoletazo de salida a este montaje se da en el verano de 2011 con una serie de talleres dirigidos por Andrés Lima en el Centro de Día de la Latina de la Comunidad de Madrid. En dichos talleres participaron actores, director, personas con algún tipo de trastorno mental, psicólogos…

jueves 26 de enero de 2012

Arrugas, una lección de dignidad en la vejez

Ignacio Ferreras adapta al cine de animación el magistral cómic de Paco Roca

Cartel de la película Arrugas
Cartel de la película Arrugas
Presiento que la película Arrugas no será un éxito comercial y que su recorrido por las salas de cine no será largo. A pesar de su calidad, de ser una película excepcional, de su enorme humanidad, tiene «un gran problema»: nos enseña aquello a lo que, como sociedad, no queremos mirar. Nos enfrenta con los miedos y las soledades que sobrevienen al final de la vida, cuando ya se es demasiado mayor para poder cuidarse uno a sí mismo. Cuando le preguntaban a Paco Roca, autor del cómic del mismo título en el que se basa la película, por qué le dio por hacer una historia sobre la vejez, él dijo: «Imagino que porque hay pocas». Parece que la vejez es una etapa que no queremos ver.

Arrugas nos acerca a una realidad temible, la de las residencias de ancianos como lugar de aparcamiento. Lo hace con un realismo pasmoso que nos siembra el corazón de tristeza. Produce angustia, pues nos coloca ante un espejo y nos hace mirar hacia dentro. Vemos que los últimos años de una vida, los de la vejez, son años donde las personas cargan con tres cosas, sus recuerdos, la soledad y las enfermedades que les debilitan. Es una película intensa, cargada de emociones, que nos sube y baja en una montaña rusa. Nos prepara para nuestro propio futuro mientras, a la vez, nos pide que seamos un poquito más cariñosos mientras aún podamos, apelando a nuestra olvidada humanidad.

Emilio es antiguo empleado de banco. Ahora comienza a mostrar un principio de Alzheimer. Vive con la familia de su hijo, al que cada día le resulta más difícil la situación. El hijo de Emilio, agotado, decide internar a su padre en una residencia. Allí el tiempo es infinito, da para darle vueltas a lo esencial y a lo más superfluo también. En esas horas, en esas grandes salas de espera, en esos cuartos de la tele hechos para dormitar, va asumiendo que estar allí es lo mejor para no interferir en la vida de los hijos, que debe tratar de no ser una carga y que está haciendo lo correcto. Emilio es un hombre formal, que no necesita grandes sobresaltos, y sin embargo, toda su vida ha tenido un gallito indomable en el pelo, un pequeño impulso soberano de rebeldía.

Su compañero de habitación es Miguel, un gallego que emigró a Argentina con un año y que volvió hace algún tiempo, ya de mayor. Nunca ha querido compromisos, los ha rehuido siempre. Se siente fuerte. Miguel es un superviviente, con retranca e ironía, un pícaro que parece que se aprovecha de todos. Emilio y Miguel parten de puntos de vista diferentes y les atormenta un planteamiento sobre si ver la realidad cruda o mejor engañarse y camuflarla con pequeños gestos que hagan más llevaderos los días que les quedan.

Una escena de la película Arrugas
Una escena de la película Arrugas
La llegada de Emilio y la amistad que entablan, obliga a Miguel a tener que enfrentarse a sus propios miedos y a esas decisiones del pasado que habían marcado su vida hasta ahora. La amistad cambia a las personas, les da nuevos puntos de vista y las nuevas relaciones establecen nuevas prioridades. De pronto se está dispuesto a hacer cosas por los demás que no entraban dentro de los cálculos. Se hacen simplemente para que el día pueda ser un poco mejor para el amigo. Deciden que es el momento de vivir la aventura que les toca, con firmeza, negándose a estar muertos en vida. Van consiguiendo que los sueños no se queden en ideas y se vuelvan hechos. Van olvidándose de la desolación de los largos pasillos, del miedo a esa soledad personal, del abandono por parte de los familiares. Lo que toca es luchar por seguir activos como personas y mantener su dignidad. No todo es amargura, esa necesidad de seguir sintiéndose vivos les lleva a tener todavía sus buenos momentos.

En la residencia hay una planta superior, la de los asistidos, a la que van a parar todos aquello que ya han sido dados por desahuciados. Aplicar el ingenio y buscar tretas que les libren de ese piso de arriba se convierte en el objetivo diario que les mantiene en la esfera de los que aún son personas. De sus posiciones y de esas pequeñas trampas surge un humor que suaviza. No es un humor que esconda el drama, más bien lo matiza mostrando que también existe toda una gama de colores en la vejez.

Hay una escena maravillosa, de esas que convierten las utopías en realidad, es un recuerdo de infancia, cuando dos de los jubilados que forman parte de la residencia comenzaron su historia de amor. Es una muestra de ternura inmensa, de no darse por vencido ni siquiera ante los imposibles y el contrapunto que explica la humanidad que les queda a estos viejecitos. Basta un recuerdo para que se les dibuje una sonrisa verdadera de felicidad.

Ignacio Ferreras se ha encargado de dirigir la película. Con su trabajo, lleno de entrega y afecto, ha sacado toda la emoción que la historia encierra. Ferreras ha cuidando cada detalle para que la película llegara lo más adentro posible, buscando los lazos afectivos que nos unan con ella.

Arrugas es una hermosa película de animación, hecha con mucha sencillez y que transmite un cariño especial. Nos habla de la soledad de las personas y nos enseña la humanidad que estamos perdiendo, pero también nos deja atisbar alguna esperanza. Me gustó especialmente porque me obligó a reflexionar, le devolvió una voz sonora a mi conciencia y tal vez me hizo ser un poquito mejor.

Por cierto, hay que quedarse hasta el final, pues cuando los títulos de crédito van avanzados y mucha parte del público ya habrá abandonado la sala, la banda sonora cambia y una anciana, Rosa Lerma, con su voz entre temblorosa y desgarrada nos canta feliz Adiós que me voy. Sin duda un homenaje y una sorpresa que sabe cerrar la película.

A modo de pequeño anecdotario: Dice Paco Roca, que cualquier obra nace de la necesidad de comprender, así que antes de ponerse a dibujar el cómic Arrugas se paso medio año visitando diferentes residencias de personas mayores donde habló con médicos, enfermeros, ancianos y familiares. Recopiló anécdotas que luego usó y le sirvió para comprender mucho mejor estos lugares. Mientras se documentaba, al padre de uno de sus mejores amigos le diagnosticaron Alzheimer. Vio entonces el terrible progreso de la enfermedad y también lo doloroso que resulta convivir con una persona que lo padece.

El proceso de creación del cómic le llevó cerca de año y medio. Confiesa su autor que a veces le resultó una experiencia dura, pero que jamás pensó que una vez publicado pudiera darle tantas satisfacciones. Cuenta que la más surrealista le llevó a cortar una cinta inaugural en un pueblo italiano, junto al alcalde y al obispo.

A raíz de ganar el Premio Nacional de Cómic de 2008, Manuel Cristobal se interesa por la historia y propone a Ignacio Ferreras para dirigir la película. Fueron tres años de intenso trabajo, en el que también participó Paco Roca desempeñando su trabajo como co-guionista y director artístico.

martes 24 de enero de 2012

Miss Bala, los sueños rotos de una joven en un mundo salvaje

La película de Gerardo Naranjo es la candidata mexicana a mejor película Hispanoamericana en los premios Goyas 2012

Cartel de la película Miss Bala
Cartel de la película Miss Bala
México es un país que se desmorona. La corrupción, la falta de la menor ley y el desamparo que produce una justicia ausente hacen que la vida haya perdido todo valor. En su propio país, los mexicanos están sumidos en una pesadilla atroz que se mueve entre la miseria y la violencia más extrema. El dinero que generan los cárteles del narcotráfico y su uso para fomentar la corrupción han sido el caldo de cultivo en que los políticos se han movido para disolver el tejido social de un país. Son los grupos armados que se dedican al crimen quienes imponen la ley, usurpando la posición del estado mexicano, mientras la ciudadanía se queda en casa asustada y abandonada. Son muchas las películas que llegan de allí y nos acercan a ese México inhumano. Miss Bala es una de ellas. Por un lado nos cuenta lo fácil que es verse involucrado en un asunto turbio y por otro lo difícil que resulta escapar de sus consecuencias.

El origen de la película está en un recorte de un periódico que lee Pablo Cruz, el productor, un 24 de diciembre. Bajo la fotografía de una hermosa mujer, Laura Zúñiga, ganadora de un certamen de belleza en Sinaloa, el artículo explica que ha sido arrestada y acusada de estar involucrada en un cártel de la droga. La pregunta que le vino a la cabeza al productor inmediatamente fue: «¿Cómo carajos una mujer así termina siendo parte de esto?». Luego se puso en contacto con Gerardo Naranjo y de aquel recorte y de las impresiones que intercambiaron surgió Miss Bala, una historia en la que se entremezclan el mundo de las reinas de la belleza con el del narcotráfico.

No es que Laura Guerrero (Stephanie Sigman) sueñe con ser Miss Baja California, pero a su amiga Suzu le apetece presentarse al certamen y por compañerismo se anima a hacer también la prueba; nada pierde con ello. Después de ver la casa familiar y el rol de hermana mayor que suple a la madre que falta, arranca, cargada de esperanzas, la película. Una muchacha lleva en una bolsa su mejor vestido para no estropearlo. Es muy guapa, de una belleza natural que llama la atención. Y la cámara se encandila con sus ojos. Sin duda, el mayor acierto de la película es el de saber contar una historia sobre corrupción desde la perspectiva de una persona inocente. En todas las escenas del largometraje está presente el personaje de Laura y con ella, al mismo tiempo, vamos descubriendo lo que ocurre, con su propia mirada. De partida es una joven decidida, que tira de su padre y su hermano, que tiene sueños y que, ante todo, es una fiel amiga. La vida no es fácil, lo sabe, pero se va defendiendo en ella. Y sin embargo, cuando todo ocurre, nos muestra la fragilidad de los seres humanos ante la violencia extrema, aquella de la que ni los más fuertes consiguen escapar. Comienza un estado de shock que la anula, que no le permite reaccionar, y se va hundiendo aturdida como si estuviera sobre arenas movedizas. No sabe qué hacer, como recuperar su vida pasada, consciente de que no hay vuelta atrás.

Stephanie Sigman y Noé Hernández en una escena de la película Miss Bala
Stephanie Sigman y Noé Hernández en una escena de la película Miss Bala
Laura no se ha metido en ningún lío, son los líos los que han venido a encontrarla a ella. Por casualidad y sin que pueda reaccionar se ve involucrada en un tiroteo, un ajuste de cuentas entre narcotraficantes y agentes de la DEA. Lino (Noé Hernández), el capo, la ve y se encapricha de ella. A partir de aquí se inicia un camino de descenso horrible donde cada situación supera a la anterior. Entran en un juego de favores en el que Laura no es más que un peón sin ninguna capacidad de decisión. Sin desearlo se ve envuelta en tiroteos, trabajos de mula, abusos… No lo pide, no lo quiere, pero nunca tiene elección. Es Lino quien decide sin contar con ella. Es Lino quien hace lo que beneficia a su negocio.

Laura sobrevive por pura inocencia, tal vez porque se hecho insensible al dolor y ya sólo busca con estoicismo sobrevivir. Ella representa la fragilidad de la sociedad civil ante el mundo siniestro que imponen seres que han perdido todo ápice de moral, sin consideraciones, que lo único que buscan es continuar con una actividad ilícita que les va haciendo más ricos y poderosos cada día. Son despiadados, no les importa el prójimo. Disparan. Matan. Y siguen durmiendo por las noches pues carecen de la conciencia más elemental. Miss Bala muestra una realidad que se fija en la retina del espectador, lo hace a través de situaciones cotidianas de México que explotan porque es el crimen el que ha tomado la calle.

Por eso se hace asfixiante, va dejando sin aire a quien la ve, encerrándole en ese momento y en esa historia, sin márgenes. Es una película que habla del miedo, del que siente cualquier persona ante una situación que se le escapa y sabiendo además que su vida es lo que está en juego. Así ocurre cada día, desde que uno se levanta y ya comienza a pensar si estará vivo a la hora de irse a la cama. No hay diferencia entre inocentes y culpables, todos están expuestos a recibir un tiro en cualquier momento, porque encontrarse en medio de un tiroteo se ha convertido en algo natural.

Aunque la violencia se presenta de forma directa y de una manera impactante, Gerardo Naranjo optó por no mostrar imágenes de crueldad; no hay desmembrados, ni recreación en la sangre. Son situaciones que ocurren, donde las armas causan muertos. De la misma forma, tampoco hay imágenes explícitas donde se enseñe droga. Pero sí se ve el dinero que todo lo compra, hasta un reinado en un concurso de misses. En realidad no es un regalo para Laura, es una estrategia de Lino.

Sin duda, las interpretaciones de sus protagonistas asientan Miss Bala. Las dos, a su manera, resultan desprendidas. La de él por recrear a un personaje que hace lo de todos los días, aunque eso sea matar. La de ella por la sorpresa de tener que vivir esa vida. Stephanie Sigman tiene mucho encanto dentro de su cuerpo menudo. La actriz sabe aprovecharlo para manejar con soltura este personaje tan cargado de silencios y que expresa tanto con los ojos.

Si bien la película tiene virtudes, también es posible señalar carencias. La principal es el ritmo, que va haciendo alargarse la película más de lo debido, pues hay escenas que no nos cuentan nada nuevo. La segunda en que los asuntos de crimen organizado van resultando predecibles. De todas maneras, aplaudo el deseo de mostrarnos una realidad que sobrecoge.

A modo de pequeño anecdotario: En 2010, Gerardo Naranjo fue incluido en Take 100, The Future of Film: 100 New Directors, compendio publicado por Phaidon, que reúne a los 100 directores emergentes de mayor proyección.

Naranjo comenzó su carrera escribiendo crítica de cine. En 1997 dirigió su primer cortometraje, Perro Negro, antes de inscribirse en el Máster de Dirección en el American Film Institute de Los Ángeles, donde se graduó en 2002 con la tesis titulada The Last Attack of the Beast, cortometraje por el que recibió numerosos premios. En 2004 rueda su primer largometraje Malanche. En 2005 protagonizó y co-escribió The Good Times Kid, de Azazel Jacobs, y en 2006, estrenó su película Drama / Mex en la Semana de la Crítica de Cannes. Después vendría Voy a explotar. Estas dos películas anteriores han tenido un largo recorrido en numerosos festivales de prestigio. Recientemente, ha participado en Revolución, una compilación de diez cortos dirigidos por directores mexicanos contemporáneos y que ha sido estrenada en Berlín y elegida como Mejor Película en el Festival de Biarritz de Cine Latinoamericano. También ha trabajado para televisión, dirigiendo en 2010 tres episodios de la serie Soy tu fan.

lunes 23 de enero de 2012

Violeta Parra contada a través de poesía cinematográfica

El director chileno Andrés Wood es un serio candidato a llevarse el Goya a la mejor película iberoamericana con Violeta se fue a los cielos

Cartel de la película Violeta se fue a los cielos
Cartel de la película Violeta se fue a los cielos
En Chile, a Violeta se fue a los cielos le pasó una cosa curiosa. Se estrenó el 11 de agosto de 2011 en 17 salas de cine, no hubo más lugares donde exhibirla porque los dueños de los cines no confiaban en que el largometraje pudiera gustar al público, así que ni siquiera cubrieron las principales ciudades del país. Sin embargo el primer día tuvo unos seis mil espectadores y las críticas en prensa fueron excelentes. No decayó el ritmo en los siguientes días, así que los empresarios, ante tal demanda, se vieron obligados a aumentar el número de copias para poder pasarla en más cines. Las cifras oficiales de 2011 indican que Violeta se fue a los cielos fue vista por 391.465 espectadores, lo que la convierte en la película chilena más vista del año pasado.

Violeta se fue a los cielos cuenta pequeños trazos de la vida de Violeta Parra. No lo hace siguiendo una línea cronológica sino entrando y saliendo en diferentes momentos, regresando más tarde, mezclando imágenes oníricas, recuerdos de infancia… En definitiva jugando entre la realidad y la poesía que ha sabido crear el director chileno, Andrés Wood, alrededor de esta impresionante mujer.

El largometraje está basado en la biografía escrita por Ángel Parra, hijo de Violeta Parra. Va recorriendo distintos escenarios por los que fue pasando la artista. Vemos algunos recuerdos de su niñez en una familia humilde de provincia. La felicidad tal vez sea una niña tomando frutas silvestres y con el rostro y las manos manchados por esta acción. Su padre es profesor, pero la bebida le va lanzando cuesta abajo. Para ganarse un dinero, para llevarse una botella a la boca, el padre toca la guitarra y canta en las bodas, fiestas y demás celebraciones. Así va perdiendo el norte y es su hija, una cría de pocos años quien debe orientarle. Al morir, le deja como herencia una guitarra demasiado vieja que se convierte en el acicate musical de Violeta. La cultura, el deseo de actuar, aumenta cuando parte de la familia forma una compañía entre circense, teatral y musical que va recorriendo Chile. De ese viaje destaca un campo minero del sur de Chile donde Violeta interpreta una hermosa canción con la compañía de un tambor que ella misma hace sonar. El público arranca en aplausos, impresionado por la fuerza interpretativa de ésta cantante; la estampa fílmica es impresionante, todo el coraje de una mujer en los últimos meses de embarazo cantando con una voz melodiosa mientras golpea con furia el instrumento. Es el coraje en estado puro. Después viene su deseo de seguir aprendiendo y de recuperar las canciones populares de su tierra, lo que la lleva a recorrer, por su cuenta y cargando con su hijo Ángel, el interior del campo chileno. Es un viaje persiguiendo la música que se muestra como un fantasma difícil de apresar y a punto de perderse, cargado de normas, de abandonos, de las tristezas de un pueblo y sus gentes.

Thomas Durand y Francisca Gavilán en una escena de la película Violeta se fue a los cielos
Thomas Durand y Francisca Gavilán en una escena de la película Violeta se fue a los cielos
Las imágenes van pasando, aparecen los sueños de gavilanes y gallinas representando de qué forma las clases altas exprimen y se sirven del pueblo, o los varones con su fuerza de las mujeres. Su repertorio se va cerrando, encontrado ya el sentido de su música que queda marcada como lo está su propio rostro. Se cruzan en la película fragmentos entrelazados de una entrevista televisada que Violeta Parra realizó en Argentina en el año 1962, cumpliendo el papel de servir de repaso y de ensimismación de la artista para traer al presente los recuerdos.

La música es lo más importante en Violeta Parra, son sus raíces, el único sentido de su vida. Así que no es extraño que decida viajar a la Polonia comunista para mostrar la cultura chilena, aún a pesar de tener que dejar atrás a su familia y de dejar a Ángel, un adolescente, la responsabilidad de cuidar de sus dos hermanas, una de ellas todavía bebé, mientras dure su ausencia. Surge el punzazo del dolor estando fuera, la tragedia que se ceba, y una patina sombría en su cara. De vuelta en Chile conoce al músico suizo Gilbert Favre y arranca entro los dos un estallido sexual que inicia una vida amorosa apasionada hasta los extremos. Viajan juntos a Europa y allí, por un impulso de coraje, presenta sus trabajos visuales al museo del Louvre y consigue que se los acepten para ser expuestos. Todo en ella es arte, la vida no tiene otro concepto que el de creación. Se entrega a ello y relega su relación. Abandona sus instintos de mujer por su sentido creativo. Otra nueva punzada de dolor.

Regresa a Chile con nuevas ideas, la clase alta aprecia su nombre, pero sólo como moda. Más dolor y el deseo de encontrar el camino, de devolver al pueblo su cultura. Así surge la idea de construir la carpa de la Reina, un lugar al servicio del Folklore. Sus hijos la acompañan en este proyecto por amor hacia su madre, pero pronto ven que la idea no es más que un empecinamiento que no puede tener continuidad. Son momentos duros, de contratiempos, donde descubrimos la relación con su hija Carmen Luisa que lentamente se va convirtiendo en el bastón sobre el que apoyarse. El pasado, su historia de amor con Favre la atormenta, quiere recuperar aquello y le busca con pasión. Pero, si bien el sexo se puede recuperar, los sentimientos no. Herida sin remedio se va sintiendo cada día más vacía.

Que Violeta Parra fue una mujer de carácter, de armas tomar, no queda duda. Ella manda y gobierna y es el mundo que está enfrente el que se despista y desorienta. En ella se hace sentir ese enfrentamiento con la vida, esa oscura dificultad para adaptarse a lo que no ocurre como debería, esa perplejidad de entrever lo absurdo de su trasfondo cuanto más intenta entender. Nunca está cómoda, siempre buscando caminos para contar, para hablar de su cultura. No se rinde ni cuando se siente vencida. No hay espacio para el desaliento, siempre invencible por fuera y llorando por dentro. Y a pesar de todo, el peso de la derrota se hace insoportable. La incomprensión de lo que está fuera de su cabeza y rige con otras normas termina con ella. Violeta Parra acaba con Violeta Parra. Lo hace con fuerza, con un disparo de inconformismo que rompe con todo. Los suicidios no se avisan, se hacen o no se hacen.

Excelente el trabajo de Francisca Gavilán, una reconocida actriz de teatro, sobre la que recae todo el peso de dar vida a Violeta Parra. Se preparó a conciencia. Aprendió todas las canciones con la ayuda de Silvia Urbina, cantante folk. Gavilán tiene buena voz y ella misma interpreta la mayoría de los temas de la banda sonora. Además tomó clases de guitarra para que resultase natural su interpretación. Tampoco olvidó la faceta pictórica, escultórica y de arpillería de la artista , así que la actriz visitó el Centro Cultural Palacio de la Moneda para ver la exposición dedicada a Violeta Parra. Esos esfuerzos le sirvieron para conseguir una simbiosis perfecta con su personaje, identificándose de tal forma que se han hecho indivisibles. Su rostro es el de Violeta Parra, sus sentimientos también.

El director chileno ha logrado un largometraje cargado de sensaciones, en el que se cuidan cada uno de los detalles para hacer un cine tan personal como universal y evocador. Se huele el campo, se escuchan los sonidos perdidos de un caluroso verano y se ve entre niebla lo que pudo haber sido, o lo que quizá fue o lo que debió ser, pues esas tres cosas se entremezclan con el único fin de hacer sentir al espectador como si fuese Violeta Parra. Lo narrativo se difumina entre las imágenes que ganan la batalla para describir lo que está oculto, lo que falta y se enseña con un simple gesto, con el tono de una canción que acompaña el caminar entre dos poblaciones perdidas buscando algo que está a punto de desaparecer.

A modo de pequeño anecdotario: Andrés Wood confiesa que hace tiempo, incluso antes de rodar su película Machuca, le rondaba por la cabeza hacer una película sobre Violeta Parra. Sin embargo no encontraba la forma de acercarse a ella, pues todo lo que leía sobre la cantante tenía un gran sesgo periodístico, con mucho interés en realizar una crónica, pero nunca con un tratamiento personal que acercase al lector los sentimientos de la artista. Esto cambió cuando leyó el libro Violeta se fue a los cielos, escrito por su hijo Ángel Parra. En él sí encontró esa materia más íntima que buscaba para hacer la película.

Ángel Parra se incorporó al equipo de la película, encargándose de asesorar en el lenguaje, sobre todo a la hora de hacer hablar a Violeta Parra. También ha participado en la banda sonora de la película, no en vano es uno de los reconocidos cantautores de la llamada Nueva Canción Chilena.

Aprovechando el libro y la película, se ha rodado también una serie para la televisión.

domingo 22 de enero de 2012

Boleto al paraíso, jóvenes huyendo hacia ninguna parte

Boleto al paraíso, la cinta cubana del director Gerardo Chijona, es una de las cuatro candidatas a mejor película Hispanoamericana en los premios Goyas 2012

Cartel de la película Boleto al paraíso
Cartel de la película Boleto al paraíso
Boleto al paraíso no es una película cómoda de ver. Te remueve y te hace sentir incómodo en la butaca. A través de un cine directo, sin artificios que despisten, te va contando una historia tan cruda como dura, que además sabe sorprender y mantener en vilo al espectador. Las cosas no son lo que parecen; el padre cariñoso de Eunice (Miriel Cejas) resulta serlo en exceso, lejos de la imagen idealizada de viudo perfecto y codiciado que se pinta para sí misma la profesora de la joven. Él no es quien soporta la estructura familiar, ese peso recae sobre la propia Eunice que se rompe y huye, incapaz de seguir soportando sus abusos.

Huyendo también van Alejandro (Héctor Medina Valdés), Lidia (Dunia Matos) y Fito (Fabián Mora), un grupo de frikis (chicos de la calle, heavys) que se han quedado al margen de la sociedad, sin futuro, sin posibilidades de conseguir un empleo, viviendo de pequeños hurtos. Ni ellos, ni ella encuentran salida, la vida es demasiado difícil para vivirla. Son adolescentes confusos, llenos de incertidumbres, que vienen de soportar demasiado dolor sobre sus espaldas. Buscan su paraíso al precio que sea. Eunice piensa que lo encontrará en casa de su hermana en Matanzas, Alejandro en una idea ingenua y peligrosa que le lleva camino de la Habana. Cuando se encuentran, se reconocen, son seres de la misma manada, igual de desprotegidos y fatigados, con el mismo desgaste en sus vidas, con un infierno similar tras ellos que les obliga a compartir destino.

De esta forma nos plantea el director cubano Gerardo Chijona esta road movie que nos conduce por las carreteras que unen Santa Clara con Matanzas y ésta con la Habana. Nos acerca a Cuba en 1993, un pasado reciente de una década confusa, cargada de incertidumbres hacia el futuro. Cuenta su director que quisieron «representar esa mezcla letal de inexperiencia, ignorancia, inocencia y familias abusivas, el rechazo de la sociedad en una Cuba que en aquellos tiempos difíciles vivió una situación material y espiritual muy compleja». Austero en lo fílmico, busca dar voz a los personajes, hacer que su drama explote ante el espectador para hacerle reflexionar.

Miriel Cejas y Dunia Matos en una escena de la película Boleto al paraíso
Miriel Cejas y Dunia Matos en una escena de la película Boleto al paraíso
La película se mueve como pez en el agua entre la tristeza y una cierta desazón que supone el desamparo de sus personajes, algo que va cuajando y ahondando en el espectador. Boleto al paraíso no deja espacio, por mínimo que sea, a la felicidad. La impotencia se asienta en cada personaje hasta llevarlo al pesimismo, lanzándolos por un camino que conduce a la decadencia. Son seres perdidos, desilusionados, excluidos, que viven una crisis de valores, sin capacidad para encontrar un fundamento sobre el que encaminar su existencia… Y a la vez son vulnerables, frágiles e imprudentes, lo que les permite tomar las decisiones más insensatas. No tienen la menor posibilidad para construir el proyecto de su vida, pues sus miras se han acortado con sus malas experiencias. Sólo les queda el sueño de poder encontrar un paraíso, construido por los demás, como salida. Pero muchas veces, ese edén no es otra cosa que un camino hacia la muerte.

Boleto al paraíso es una película de huidas, de escapar de una pasado insoportable, algo que vamos viendo en cada personaje con el que se cruzan los protagonistas. Cada cual está atado por su pasado, agobiado y enclaustrado por ser lo que es y no lo que quiso ser. Así que los consejos que dan, los caminos que señalan, se hacen inútiles para los jóvenes que los miran con distancia. Estos personajes que se cruzan son intensos y aprovechan su brevedad para dejar una marca en la película. Sin duda mucho tienen que ver los actores y actrices, de mucho peso dentro de la filmografía cubana, que se han encargado de interpretarlos: Jorge Perugorría, Blanca Rosa Blanco, Osvaldo Doimeadios, Enrique Molina, Beatriz Viña, Samuel Claxton, Paula Alí, Natalia Herrera, Mario Limonta, Rafael Lahera y Laura de la Uz.

Sin embargo son los jóvenes los que sujetan el drama. Miriel Cejas realiza un trabajo conmovedor, con una excelente capacidad de transmitir sus sentimientos a través de su mirada. Son sus ojos, y sus pequeños gestos, los que dan fuerza a la película. Junto a ella también destacan Héctor Medina Valdés y Dunia Matos. El primero por esa capacidad de transmitir una rebeldía encerrada por dentro siempre a punto de explotar y la segunda por esa fortaleza con la que construye su personaje de joven dura que consigue fijar el equilibrio del grupo con tanta camaradería como afecto.

Entre los secundarios destacar otras cuatro interpretaciones: la de Luis Alberto García como ese padre que persigue a su hija para que vuelva y que todo siga en los patrones establecidos por él; o la de Alberto Pujol que da vida a un taxista repulsivo capaz de conseguir con sus actos uno de los principales giros de la película; y las de las jóvenes Saray Vargas que nos enseña la realidad, ese esfuerzo necesario que hay que aplicar cada día para seguir adelante, y Ariadna Muñoz que tiene un papel de una intensidad tremenda que prepara el desenlace de la película en la trama más dura.

La intención de Boleto al paraíso es la de devolver la historia hacia el espectador, hacia su propia mirada, sin permitirle huir de aquello que tiene delante, como si estuviera viendo un documental. Eso es precisamente lo que la hace incómodo su visionado porque hace sentir todo un camino en picado cargado de dolor y obliga a reflexionar. Esa es la magia del cine cuando está bien hecho, que permite aprender interiorizando las historias de otros.

A modo de pequeño anecdotario: Gerardo Chijona conoció al doctor Jorge Pérez durante un viaje a San Francisco en el que se hicieron amigos. Un día, Pérez le entrego a Arjona un manuscrito para que lo leyera en calidad de editor. Se trataba de diferentes testimonios desgarradores que el médico había recogido de su trabajo con pacientes afectados de sida mientras fue director del sanatorio de Los Cocos (Santiago de las Vegas) en los años 90. Aquel manuscrito terminó convirtiéndose en un libro titulado SIDA: Confesiones a un médico.

El libro impresionó al director y le sirvió de inspiración para idear la trama de Boleto al paraíso. Para ello tomó y mezcló dos de las historias que convirtió en la semilla del largometraje. De esta forma ninguno de los personajes que están en la película existió en la vida real y las historias de cada uno de ellos y la manera en que se cruzan sus vidas son fruto de la imaginación del director y sus guionistas.

jueves 19 de enero de 2012

José K. Torturado, nunca se puede justificar la tortura

Llega a los escenarios José K. Torturado, el texto de Javier Ortiz para contarnos que la tortura no es nunca admisible. No hay casos excepcionales


Martes 17 de enero de 2012. Teatro Español. Madrid


Cartel de la obra José K. Torturado
Cartel de la obra José K. Torturado
Hace algún tiempo escuché a Sandra Toral hablar sobre unas conferencias organizadas por la Coordinadora para la Prevención de la Tortura a las que ella había asistido como oyente unos años atrás. Contaba que pensaba que todos los presentes en aquellas charlas estaban contra la tortura. Entonces, el periodista Javier Ortiz tomó la palabra para venir a plantear un caso hipotético y debatirlo. A la puerta de un colegio un individuo ha colocado una bomba que va a causar una gran masacre. La policía le detiene. «¿Qué hacemos con ese individuo?», preguntó el periodista. La gente se enfureció, grito que era una pregunta con trampa, algunos asumieron que era lícito usar la tortura por un bien mayor… Sin duda es una pregunta tensa. Pensó entonces Sandra que aquella hipótesis debería convertirse en una obra de teatro porque quien está contra la tortura lo está en todos los casos. Así que persiguió a Javier Ortiz para que la escribiera. Lo hizo, le dio profundidad a lo que solo era un ejemplo explicativo y así surgió el texto de José K. Torturado, del que se hizo una lectura dramatizada en 2005 y se terminó publicando en 2010 por la editorial Atrapasueños. Desde aquellas conferencias viene Sandra Toral peleando por llevarlo a los escenarios, algo que finalmente logró el pasado 7 de octubre de 2011 en Girona.

Javier Ortiz, el autor, fue un columnista ejemplar a quien leí a diario en su blog El dedo en la llaga hasta el mismo día de su muerte, que él personalmente se encargó de minimizar con un artículo lúcido, cargado de sueños sencillos y de vida. Un hombre reflexivo que siempre sabía encontrar el punto de vista que distorsionaba la foto, capaz de desmenuzar cualquier pensamiento e incluso darle la vuelta, desde el respeto y la inteligencia. Aquellas lecturas me sirvieron para fortalecer argumentos propios y para encontrar fisuras y grietas en ellos que debía reparar. Me obligaba cada día a apuntalar mis ideas, haciéndolas más fuertes, más completas, más razonadas. Han pasado casi tres años de su fallecimiento y aún echo de menos su mirada crítica que siempre iba un paso más allá.

No es extraño que estuviese deseando ver José K. Torturado sobre los escenarios. Hace tiempo que lo esperaba y la representación cumplió las expectativas.

Pedro Casablanc en una escena de José K. Torturado
Pedro Casablanc en una escena de José K. Torturado
Cuando se descubre el telón, aún a oscuras, flota en el aire una cierta tensión. Vemos una caja de metacrilato transparente, de pequeñas dimensiones. En su interior hay un hombre desnudo, sentado sobre un cilindro metálico. Lleva las manos esposadas a la espalda, cadenas en los pies. Se enciende un luz dentro de la caja que ilumina parcialmente al preso. El público se encuentra a su espalda y sin tiempo para procesar lo que va viendo escucha decir al reo: «Mi nombre es José. Mi apellido no importa. Me llaman José K. Soy José K. y he sido torturado». Su voz suena con un ligero eco que la amplifica, encerrada como está dentro de una caja.

Quien dice estas palabras no es un hombre bueno, es un terrorista experto, con treinta años de práctica, con muchos atentados sobre su espalda, con sangre en las manos. No es inocente, pero no por ello ha perdido su condición de ser humano. El dilema está planteado y servido; por un lado tenemos al terrorista que acaba de poner una bomba en la Gran Plaza y por otro las fuerzas de seguridad del Estado que tienen la «obligación» de extraerle la información para evitar la masacre. Y el factor del tiempo que se va haciendo más decisivo según va transcurriendo.

La obra no presenta el discurso del Estado, que viene siendo plano y nos lo sabemos todos: sólo se aplicará a terroristas, es una necesidad de estado que salva vidas, hay casos en los que el fin justifica los medios, no supone nunca torturar inocentes... Es necesario ver el otro lado, pero ¿cuándo antes se había dado voz en un escenario a un terrorista?, ¿quién se había atrevido a presentar a alguien que siembra el terror y dejarle hablar? Javier Ortiz, en José K. Torturado, lo hace y consciente de la dificultad trabaja con mayor profundidad para lograr la intensa construcción del terrorista como personaje. Es inteligente la forma de elaborar el discurso, resultando siempre realista para obligarnos a ver las contradicciones de nuestra sociedad sobre la tortura. Sorprende la crudeza con la que se nos cuenta, sin buscar remansos de tranquilidad. Es un puñetazo tras otro.

Estamos frente a lo peor de la sociedad, enfrentados a un monólogo donde el terrorista va esgrimiendo sus argumentos, donde va hablando de los errores del Estado, de la necesidad de combatirlo, de su elección de la vía violenta, del esfuerzo que eso supone, de la conciencia, de sus comparaciones... Es un hombre equivocado, repulsivo incluso, pero no deja de ser humano, con sus derechos intactos. El mal que hace no justifica que se le aplique la menor de las torturas.

Según avanza la obra, se hace más directa. Su monólogo busca de oídos que lo escuchen, su cara aparece en la pantalla para que veamos en primer plano cada una de sus expresiones. La caja se va empañando con el sudor del reo, con el vapor de quien está encerrado que se va concentrando en las paredes y haciéndolas cada vez más opacas. Esa caja nos oprime a todos, nos enfrenta en soledad con lo que no queremos ver y nos hace preguntarnos si todo vale, si hay excepciones.

La historia, como la escenografía, resultan impactantes. José K. Torturado estremece y sobrecoge. Es una sacudida a la conciencia para saber que es lo correcto. Y en esa conmoción mucho tiene que que ver el actor Pedro Casablanc que se luce, pues su trabajo es generoso y potente para sostener a un ser repulsivo que mata y que defiende su postura asesina, algo que resulta espeluznante. Su excelente interpretación resulta esencial para sostener la fuerza del texto y sus intenciones. El desgaste y el sufrimiento se hacen tangibles a través del actor e inundan al espectador.

Independientemente del debate sobre si la tortura es eficaz o no, que la obra bordea, nos lanza preguntas directas: ¿Qué hacemos, justificamos el uso de la tortura? ¿Es lícito aplicarla para evitar un mal mayor? Si respondemos que sí es que creemos en la tortura y estaremos justificando una pequeña grieta que la ampare. Cierto que es duro, pero lo correcto es pedir que a José K. no se le torture. Ni a él ni a nadie. No podemos ser tan despiadados.

A modo de pequeño anecdotario: El texto de Javier Ortiz tuvo una lectura dramatizada el 11 de abril de 2005. Fue su verdadera puesta de largo como autor teatral. Entonces, aquella lectura la dirigió Sandra Toral, que también produce la representación actual, y la dramatizó con su voz Ramón Langa, al que acompañaron Paco Merino, Andoni Ferreño y Juan Jesús Valverde. El lugar, Madrid, en la Sociedad General de Autores.