lunes, 19 de marzo de 2007

El infarto

José Manuel Merello: Sobre el marNo se puede contar el camino que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos. Es un hábito incapaz de ser expresado en palabras. Al descender del metro me uno a la marabunta que subirá las escaleras mecánicas en pelotón. Oigo el murmullo de pies que se arrastran mientras me miro la mano y me cuento que están todos los dedos. Así me lo recomendaba mi psicoanalista cuando era más pequeño. Parece un acto estúpido: mirar la mano y contar: «uno, dos, tres, cuatro y cinco», levantar la vista y comprobar que allí siguen los demás pero que sin duda han pasado cinco segundos y nada se ha roto y yo tampoco me he descompuesto y todo avanza igual. Sigo caminando escaleras arriba y comienzo a sentir que el corazón me pesa algo más. El ritmo se acelera con un bombeo más fuerte, boom-boom, boom-boom, boom-boom... Recuerdo a mi tío Narciso porque murió de un infarto e inmediatamente detengo los pies, me aparto hacia la derecha y me apoyo en la cinta plástica que sirve de reposa brazos. Mi tío Narciso me enseñó a comprender el mundo, me dijo que en esta vida tan miserable, lo mejor es no arrepentirse de nada, que de lo que más nos lamentamos es de todas aquellas cosas que llegado el momento no hicimos. No le entendí, me lo contó siendo yo demasiado joven. Tal vez es ahora cuando comprendo la intención de lo dicho. La marabunta me va adelantando. La prisa es el mal de nuestros tiempos, esa prisa vacía por llegar a cualquier sitio para esperar nos atosiga. Y la soledad es el otro cáncer. Mi tío Narciso nunca estaba solo, incluso aquellas tardes en que le veía pasear sin ninguna compañía por el jardín. Los ademanes de sus manos me permitían seguir una conversación imaginaria con un interlocutor de los más estrambótico, siempre inventado por mí. La respiración me resulta más dificultosa. Me pasa algo. Intento buscar una cara en la que detener mi mirada para fijar su atención, pero cada una de las personas con las que lo experimento me rehuyen. La escalera termina y con paso vacilante piso suelo firme. Me tiemblan las piernas. Mientras una adolescente me pide que le deje pasar, que tiene prisa, que llega tarde a clase. Lleva un abrigo largo, tanto que va arrastrando unos diez centímetros, limpiando el suelo a su paso. Me doy cuenta de que es invierno, pero en este momento sólo puedo sentir calor. Me abraso. Tal vez tenga algo de fiebre. Me aparto para que pueda continuar. Después doy un paso más, luego otro y me llega un escalofrío que me cruza la espalda de principio a fin. Un temblor en las manos lo siguiente. Los párpados que cobran vida y suben y bajan por decisión propia. Mi tío Narciso estira su brazo para sujetarme y yo me desplomo antes de que él pueda cogerme.

José Manuel Merello: Niño soñando con su bicicletaDespierto horas después en un hospital. No sé como he llegado hasta aquí. Sigo vivo, y por un falso instante siento que eso es importante, que el principio para poder cambiar es poder tomar aliento. En la cama contigua una mujer duerme y en la silla que hay frente a su cama un niño de unos doce años vela su sueño. Le miro y levanto las cejas a modo de saludo. El niño me devuelve el gesto. Los dos sonreímos levemente a la vez. La vida no nos da para más. Pasan las horas muertas: dando vueltas sobre la cama, escuchando a las enfermeras que me dicen que me voy a poner bien en un par de días... Al despertarse la mujer, el niño le dice «mamá» y le coge la mano.

- No te preocupes, vida mía. Simplemente es que estoy muy cansada. Unos días aquí de descanso me harán muy bien.

- Lo sé mamá. El tío Narciso me lo ha contado todo.




Nota: Los cuadros (Sobre el mar y Niño soñando con su bicicleta) que decoran este relato son obras de José Manuel Merello.