martes, 30 de marzo de 2010

Soul kitchen, la comedia de Fatih Akin

Una película disparatada que mezcla cocina y música


Cartel de la película Soul Kitchen
Cartel de la película Soul Kitchen
Fatih Akin es conocido por su cine dramático, de preguntas sin respuestas y de los caminos que se emprenden para encontrarlas, donde lo hijos de inmigrantes van en busca de su origen para terminar de construirse a sí mismos. Sin embargo Soul kitchen supone un cambio de registro. Dice que cuando murió Andreas Thiel, su productor, comprendió que «reír forma parte de la vida y del cine», así que decidió liberarse y se atrevió a probar con lo que le apetecía: una comedia. Se tomó unas vacaciones de los temas intensos y le abrió la puerta al humor y la diversión. El experimento le ha salido perfecto a este director alemán de origen familiar turco. Yo al menos me divertí mucho viéndola, manteniendo una sonrisa dulce y un tanto idiota durante toda la película que me duró el resto de la noche. Reírse es una gran terapia.

Reconozco que la filmografía de Fatih Akin me resulta exquisita. Entré en contacto con ella a través de Contra la pared una película durísima que te roba el aliento. Después Al otro lado resultó otro largometraje impactante, de los que difícilmente se van de la cabeza. Más tarde tuve la suerte de poder ver otras dos de sus películas anteriores In July y Solino que me parecieron deliciosas. Todas ellas hablan de raíces sociales del individuo y de la búsqueda de la identidad personal. En Soul Kitchen no hay viaje, los protagonistas han encontrado su lugar, la geografía que los conforma. Supongo que Akin ha hallado su propio sitio y ha terminado la búsqueda que emprendió en las películas previas. Hamburgo son sus raíces. Dice el director que cómo va a cambiar de ciudad si «aquí me siento bien. Me sé todos los atajos. Conozco todas las salas de cine. Sé dónde encontrar un buen médico, dónde comprar las mejores verduras. ¿Por qué me iría a otro sitio?». El director nos muestra una ciudad divertida, fresca, con bares fantásticos, de arquitectura moderna y en la que resulta fácil encontrar buenos sitios para comer. Está rodada en el barrio de Wilhelmsburg que en cierta forma sirve para representar la transformación de la ciudad y por otro lado para denunciar la mano negra de los intereses económicos que impulsan esta rápida metamorfosis. Es un viejo barrio industrial del que están desapareciendo sus obreros y los emigrantes que allí vivían pues la especulación busca convertir todo el distrito en un lugar de moda. Los delincuentes no son quienes a primera vista nos lo parecen. En todas las ciudades europeas hay barrios con inquietudes culturales, con población bohemia que les va dando la forma de su personalidad diferenciada y al que luego llegan los burgueses con su dinero para vivir una vida con la que sueñan pero que son incapaces de fabricar.

La película, antes de llegar a nuestras salas, ha tenido un recorrido previo. Se presentó a concurso con tan buen resultado a la Mostra de Venecia que obtuvo el Premio Especial del Jurado. En nuestro país inauguró el Festival Internacional de Cine de Gijón, festival que también ofreció una retrospectiva completa de la obra de su director.

Adam Bousdoukos y Moritz Bleibtreu en una escena de la película Soul Kitchen
Adam Bousdoukos y Moritz Bleibtreu en una escena de la película Soul Kitchen
Como decía, esta es una comedia frenética, pero si alquien piensa que por eso Akin pierde alguna de las señas de identidad de su cine, se equivoca. Soul Kitchen mantiene la misma intensidad, profundidad, compromiso y sinceridad que el resto de su filmografía. Además le añade frescura y un ritmo vital maravilloso. Para ello la ha cargado de alegría, tanta que llega a desbordarse cuando les ocurren los más disparatados desastres a sus personajes. Es, ciertamente, una película más sencilla que las anteriores, con pretensiones modestas, pero con el atrevimiento por bandera.

El nombre viene de jugar con dos conceptos, el de cocina y el de alma, pues la música alimenta el alma y, en concreto, el soul es el corazón del restaurante «Soul Kitchen». Así que uno de los principales pilares de la película es la contagiosa banda sonora que acompaña para fijar el ritmo como segunda piel del humor. La banda sonora ha sido compilada por Kalus Maeck, toda una leyenda del punk en Alemania y resulta una gamberra mezcla con mucho funky al estilo Kool & The Gang, Quincy Jones o Mongo Santamaría, soul como el de Curtis Mayfield, Rhythm & Blues tan clásico como Sam Cooke y Ruth Brown, hip hop del que suena en Hamburgo, los sonidos electrónicos de los clubs nocturnos, el rembetiko griego, la canción La paloma versionada por Steve Baker, el reggae de Burning Spear y hasta un melódico local como es Hans Albers quien fuera un cantante y actor muy popular en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Y lo mágico es que todo encaja y tiene su lugar. Funcionan bien las mezclas y los pies se van solos a marcar el compás con cada tema, especialmente acompañando los maravillosos títulos de crédito que cierran la película.

Suena también, como una ironía de las circunstancias más caóticas, el clásico de Louis Armstrong The Creator Has a Master Plan (El Creador tiene un plan maestro). Y es que a Zinos Kazantsakis (Adam Bousdoukos) le persiguen las desgracias y fatalidades hasta convertirlo en un guiñapo. La vida le arrastra por infortunios que curiosamente dejan en mano de la casualidad la solución. Perseguir a su amor como incondicional respuesta le obliga a confiar en la familia por mucho que dude en que a su hermano Illias (Moritz Bleibtreu) le quede un mínimo de sentido común. No se equivoca, pero que más da, hay que dejar fluir a la vida. Y eso es lo que más me encanta de la película, que no tiene términos medios.

Si Adam Bousdoukos interpreta a un hombre movido desde la pasión por el destino con un resultado excelente, mejor aún es el trabajo de Moritz Bleibtreu, a quien le toca lidiar con un delincuente que quiere redimirse, pero que no está en su carácter poder conseguirlo. Él no es gracioso, pero todo lo que hace sí. Esa condición no suele ser fácil de representar, pero en Bleibtreu resulta natural.

Birol Ünek y un reparto femenino que resulta excelente completan el elenco artístico. Ünek, actor habitual de las películas de Akin, tiene un papel corto, de contraste, a un paso de la locura y a otro de un raciocinio, pero en sus breves apariciones se queda con la cámara y roba la escena. Por su parte las tres mujeres son la brújula que marca el norte de los hombres. Anna Bederke debuta y sin embargo parece mostrar una sobriedad envidiable. Por su parte, Pheline Roggan se luce con un personaje que resulta una montaña rusa emocional. Y Dorka Gryllus, a pesar de sus pocas escenas, se convierte en imprescindible para «enderezar» lo que está «torcido».

Me gustaba mucho más el cartel de la versión alemana, con el que se presentó en Gijón. Mucho más luminoso, explicito, moderno y sobre todo alegre. Aquí se ha optado por una insulsa imagen con sus cinco artistas principales.

A modo de pequeño anecdotario: Fatih Akin prepara en estos días un documental acerca de la lucha que lleva el pueblo de Camburnu, en la montaña turca, a luchar contra la instalación de un enorme basurero en el centro de una idílica región llena de plantaciones de té. De momento le ha dado el significativo título provisional de Garbage in the Garden of Eden (Basura en el Jardín del Edén).

2 comentarios:

conchi dijo...

Tu blog VALE LA PENA.
Puedes verlo en Quien pisa con suavidad va lejos.
Saludos.

Javi Álvarez dijo...

Muchas gracias, Conchi. Me alegra saber que me lees y que en el fondo, esto de escribir reseñas y opiniones sigue teniendo sentido.