domingo, 27 de enero de 2013

Dos huérfanas con barba

Miguel Albaladejo se pasa al teatro con Las huérfanas


Domingo 27 de enero de 2013. La casa de la portera. Madrid

Cartel de la obra de teatro Las huérfanas
Cartel de la obra de teatro Las huérfanas
¿Por qué? Divertida, buen texto y excelente intrepretación.
José Martret y Jorge Calvo tienen barba. Con ella, y con un tremendo alarde interpretativo, dan vida a las dos huérfanas en un gran duelo de actores. La barba no resta feminidad y se olvida en unos pocos minutos, pues ambos están tan dentro de sus personajes que el espectador termina viendo a las dos mujeres con naturalidad, con sus rasgos propios, los del alma de cada una de ellas. Son las peculiaridades de cada personaje las que se quedan en el recuerdo, porque todos tenemos nuestras propias rarezas.

Las huérfanas es la primera incursión teatral del conocido guionista y director de cine Miguel Albaladejo. El texto que ha escrito se presenta en tres actos, destacando por su profundidad y por el buen desarrollo de los dos contundentes personajes. Es una especie de teatro íntimo, de lo que ocurre fuera de foco cuando nadie mira, de esas conversaciones que acaban a gritos y con aspavientos, de reproches que hacen daño pues las verdades siempre tienen un lado afilado que daña a quien más nos quiere. Cada acto se desarrolla en un nuevo espacio, acercando al espectador a lugares tan impropios como la cama de una niña en su primera noche en el orfelinato, el camerino de un teatro de pueblo después de la función y la habitación de un hospital durante una convalecencia. Cada uno de los tres decorados nos enseña las diferentes tesituras que recorren toda amistad en cada una de las etapas de la vida: infancia, madurez y vejez.

Marta (Jorge Calvo) y Lucía (José Martret) se conocen en el orfanato del auxilio social. Son dos niñas solas y abandonadas en la oscura España franquista de los años 40. Que allí estén no fue voluntad de sus madres, represaliadas políticas ambas. Ahora están tuteladas por la monjas y es en este tenebroso universo donde les ha tocado crecer. No es extraño que la una busque a la otra, que juntas sean más fuertes que por separado, que se necesiten para crecer. La amistad se forja en tiempo de infancia, lo que viene después no deja de ser una forma de administrar esa relación. Entonces, siendo niñas, Marta nos muestra una inocencia dudosa, la de quien ha crecido deprisa, comunicándose con sombras y huyendo del resto de las compañeras con las que no puede hablar de las presencias que la visitan. Lucía no es una niña inocente, a pesar de sus pocos años no le queda ingenuidad; su infancia ya está rota de antes y llena de culpas.

El tiempo se interrumpe y cuando comenzamos el segundo acto las niñas son mujeres en descenso. La madurez, ese instante en el que ya se han dejado atrás los mejores años, les ha marcado el cuerpo con las cicatrices de la vida. Han perdido tantas veces que están derrotadas. Ni las amaron, ni las quisieron. Solo se tienen a ellas y casi ya ni se soportan. Al desnudarse en el camerino, tras una función que otra vez ha resultado bochornosa, vemos la decadencia insoportable. El interior y el exterior de los personajes se ha cruzado en un punto sin retorno, sin gloria, sin esperanza. Buscan quizá un alivio, un vicio que les permita mirar para otro lado o que les haga un poco más soportable una vida que ya nunca será como les hubiera gustado que fuera. Surgen los reproches y una callada y amarga aceptación. Es una parte llena de intensidad donde hasta el aire se condensa.

La casa de la portera
La casa de la portera
Nadie sabe como salieron de aquel pueblo cuando llega el tercer acto. Marta y Lucía se han convertido en dos ancianas. Marta está convaleciente en el hospital porque su enfermedad a vuelto. No quiere pasar la noche sola. La vejez es el tiempo de repasar las cuentas de la vida, pero esta vez con pausa, quitándole la importancia que le dimos a lo que no la tiene, de hacer como que nos dolió menos. Hay una cierta dulzura en recordar lo bueno y desterrar los posos rancios. Ya no es tiempo de reproches, es el momento de extender la mano y dar consuelo, por pura amistad. La sinceridad ya no rebosa odio.

Las huérfanas, a pesar de la dureza dramática, está escrita con humor, aunque a veces destile acidez, y sobre todo con una ternura que funcionan como elemento de cohesión. Marta se hace simpática a los ojos del espectador desde el primer instante. Lucía es como es, pero también termina haciéndose entrañable. La una no podría existir sin la otra y ambas nos llevan por el camino de una amistad que dura toda la vida, con su «toma y daca».

Si el texto es estupendo, no lo es menos la maravillosa interpretación de los dos actores. Calvo llevando a Marta desde una contención sosegada de tozuda paciencia y Martret convirtiendo a Lucía en un torbellino de sentimientos que restallan constantemente. Ninguno de los dos hace nada por marcar una feminidad en su personaje más allá de atiplar la voz y sin embargo la sensación es que el espectador está viendo comportarse a dos auténticas mujeres.

La decoración de la Casa de la Portera también ayuda a entrar con rapidez en el texto y proporciona ese ambiente sobrenatural que necesitan los espíritus que vagan por la obra. En el fondo, algo de fantasmas tienen también las dos protagonistas en ese arrastrar de cadenas en que han convertido su vida y cuando ya se han ido parece aún que se han quedado pegadas a las paredes, al papel pintado, a las lámparas, al pasado que vuelve. Así cuando se enciende la luz después de los aplausos, cuando Calvo y Martret se han ido a quitarse el maquillaje y a descansar, Marta y Lucía siguen moviéndose intangibles entre los espectadores que ya se han puesto en pie y caminan al ropero a recoger sus abrigos. Y al cerrarse las puertas, ya en la calle, las dos huérfanas siguen susurrando su historia.

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